Solvitur ambulando

Otoño

Tengo ciertos prejuicios sobre la gente que cita en latín, o más concretamente, sobre la gente que resuelve un dilema existencial con el muy manido “Carpe diem”, que vale para un roto y como no, para un descosido. Y es abundante verlo en algún estado de whatsapp o escucharlo en algún rincón oscuro a horas demasiado intempestivas, horas en las que los hielos ya están derretidos o está sonando la balada que anuncia el cierre del garito, que si hay suerte es de Tom Waits. Y sales tambaleándote, y una mano se apoya en tu hombro con firmeza, y adviertes que tu compañero de farra mendiga compañía para una última copa mientras musita un “Carpe Diem”, acompañado de alguna loa a la amistad. Ese tipo de confraternidad crepuscular ese compadreo espiritual que, en ocasiones, se acompaña de cánticos que, porqué no reconocerlo, terminan como el rosario de la aurora, entendiendo ese rosario y esa aurora como un par de litros de agua, un ibuprofeno y un “a mi dejarme tranquilito”.

A ese latinajo hay que añadirle “Tempus fugit”, el tiempo se nos va, amigos, se escapa, se acumula en pequeñas porciones sobre nuestras cabezas, y cae como cascotes cuando las frágiles estructuras que lo sostenían se desvanecen al escuchar la edad de alguien que estaba en el fondo del cajón de tu memoria. Adquirimos consciencia del tiempo por comparación.

Los pensamientos obsesivos, las preocupaciones sin fundamento o esa pesadez existencial que en ocasiones se une a la fiesta sin que nadie la haya invitado, se soluciona caminando, “Solvitur ambulando”. El bosque favorece un cambio de perspectiva, de una pantalla de 7 pulgadas a unos likes reales,  de aumentar una foto usando dos dedos a abrazar un árbol con ambos brazos.

“Memento vivere”  ¡Recuerda que estás vivo!